viernes, 4 de diciembre de 2009

La diputada más anciana del Congreso


     La más célebre conductora de la televisión argentina presidió ayer la sesión del Congreso durante la jura de los nuevos diputados electos. La noticia combina de manera tan perfecta ingredientes de la política y la televisión que parece el invento de algún cómico ingenioso. Sin embargo, una vez más, la realidad supera a la ficción. 
     Pinky -porque por ese apodo conocemos los argentinos adultos a la Diputada Lidia Elsa Satragno- fue una conductora de televisión. Esto quiere decir que construyó su personaje mediante la combinación equilibrada de una voz y una modulación inconfundibles, con una cara y un cuerpo particularmente bellos. Cuando comenzó su carrera durante los años cincuenta fue bautizada con un nombre con reminiscencias norteamericanas que le sumaban, además, un rasgo contemporáneo de modernidad y juventud. Sin embargo -según se decía entonces- Pinky ya poseía “una belleza clásica”. Lejos de las rubias pasajeras que la televisión encumbraba y abandonaba rápidamente, Pinky fue una jovencita precoz que ya anunciaba con su pelo morocho bien argentino a la futura señora de la televisión nacional. Así lo entendió rápidamente Leopoldo Torre Nilsson cuando le ofreció el papel de “la chica bonita” en La Caida, un filme de 1958, el mismo año en que es declarada “mujer del año” por su reconocida labor en televisión. Así lo entendió mucho tiempo después la última dictadura, cuando en 1980 utilizó su voz y su rostro para anunciar la inauguración de la televisión color. O cuando en 1982 volvió a solicitar sus servicios para conducir el programa monstruo donde las damas patrióticas ofrecieron, una vez más, sus joyas al ejército argentino en un estudio de televisión. Así lo entendió ayer Graciela Camaño cuando invitó a la diputada más anciana del Congreso a presidir la sesión.
     Hay que decir que Pinky estaba vestida para la ocasión: un inefable cuello de volados de gasa u organza (espero que se sepa disculpar mi ignorancia e impericia) rodeaban su cuello y le otorgaban el aire adusto y severo pero también femenino y ligero que requería el rol. Pinky, que llevaba el pelo corto y abultado en la película de Torre Nilsson, lucía ayer un peinado prolijamente recogido en alto. Lucía, en fin, el look de una anciana. Pero no una anciana como las que vemos por la calle, empeñadas en parecer jóvenes y activas, sino una anciana de la televisión de los años sesenta. Algo así como la caricatura de abuelita que ideó uno de los dibujos animados más famosos de entonces: Tweety. Pinky (cuyo apodo rima con el nombre del pajarito) parecía imitar ayer a la adorable abuelita que persigue a bastonazos al gato, para luego molerlo a golpes al grito de “escúpelo, escúpelo, escúpelo”.
     La imagen de Pinky en el Congreso obedecía al supuesto de que un acto solemne, tal como ella misma se encargó de caracterizar la ceremonia de jura, requería el cuidado de las formas. Es notable que el diario Clarín y La Nación en sus comentarios sobre la noticia refieran al ataque que el oficialismo habría operado a la “institucionalidad”, mientras saludan la intervención de Pinky durante la sesión. Entre otros símbolos valorados por Pinky durante la sesión, los diarios mencionan el izamiento de la bandera, lo que permite recordar que antes de ser conductora de televisión, Pinky también fue maestra. Las instituciones son formas: ya lo dijo Foucault mejor que el diario La Nación hace mucho tiempo. Por alguna razón, sospecho que no quisieron decir exactamente lo mismo. Que Pinky utlizara signos doblemente viejos (representar una anciana mediante atributos pasados de moda) es coherente con sus ideas reaccionarias en el plano político. Que Pinky utilizara signos de origen mediático (representar su rol de diputada mayor como una ancianita noble de un dibujo animado) es coherente con el espacio político al que representa. El PRO presenta ideas reaccionarias en un envase mediático publicitario, dicho moderno. Estética y política lograron, esta vez, un principio constructivo muy ajustado.

Durante el reinado de Pinky en la televisión de la década del sesenta había un programa periodístico llamado Parlamento 13. Era un programa de panelistas con invitados variados para hablar de temas diversos. La única singularidad del programa era que se utilizaba como marco escenográfico un parlamento de cartón pintado. Los periodistas e invitados ingresaban al Parlamento 13 (emitido obviamente por canal 13) haciendo temblar a su paso una columnata de reminiscencias clásicas. El debate transcurría en una escenografía que simulaba el interior de una sala del congreso. La escenografía era verdaderamente kitsch en el sentido en que el kitsch supone la pretensión de hacer pasar algo por lo que no es (en alemán verkitschen es “hacer pasar gato por liebre”). Este engaño se realiza a través de la imitación de un original, de un cambio de escala o de la suplantación de materiales nobles por otros que no lo son. La escenografía de Parlamento 13 incurría en todos los vicios: era más pequeña que un congreso original, sus materiales, lejos de ser sólidos, eran muy endebles y efímeros y su nombre apelaba a una traducción extranjera de lo que en buen criollo se conoce por “congreso”. Todo lo cual, dicho coloquialmente, redundaba en un congreso “de mentirita”.
     En su momento, Pinky no participó en la conducción de Parlamento 13 que, no está de más aclarar, era conducido por varias figuras masculinas, más apropiadas para los temas serios que allí se discutían. Las mujeres que integraban el staff se limitaban a operar como taquígrafas de mentirita. Ayer, el noticiero de Canal 13 -que demostró ser menos efímero que el Parlamento- presentó esta noticia con el título “Muñeca brava”. Hoy, el diario La Nación incluye una nota de color de Pablo Sirvén titulada “Pinky, una estrella que volvió a brillar”. El diario Clarín destaca el modo en que Pinky se mostró imperturbable y consiguió hacer silencio en el recinto. Todo parece hacer pensar que las riendas del país pueden ser conducidas con mano firme y canas bien peinadas de una vieja estrella de televisión. Creo que la escena amerita, sin embargo, otra mirada. 
     La televisión –como ya lo había hecho la radio- otorgó a los conductores un rol protagónico. A través de su voz y su rostro establecían un contacto con el público que resultó fundante para el contrato del medio. No importaba el contenido sino el vínculo. La sobreimpresión de las formas televisivas sobre las formas de la política adquirió muy tempranamente un sentido literal, como en el caso de Parlamento 13. Que cuarenta años después sea una vieja conductora de televisión quien reclama y otorga símbolos de institucionalidad al Congreso Nacional habla de una etapa superior de las instituciones, las formas y la parodia.

4 comentarios:

Guillermo Kaufman dijo...

Exactamente: la gran escena nacional. ¿La política se vuelve escena televisiva como antes la escena televisiva "se volvió" escena política? !Los conductores al poder! Ellos sí saben conducir. Todo un símbolo. Mmmmm... Una mujer que sí puede conducir...

Manuel Palacio dijo...

Querida Mirta:
Veo que te has lanzado al ruedo de los blogs. Yo no lo veo nada claro pero en fin. Tu escrito me ha parecido excelente. Personalmenrte, estuve varias horas colgado a la retrasmisión -venía a su vez de estar en las puertas del Congreso en donde miles de jóvenes peronistas alababan a K (lo de jóvenes es un eufemismo porque aunque las banderas mayoritarias eran de la JP entre los manifestantes predominaban los maduritos).
Dices, citando a Foucault, de la importancia de la forma. Pero si algo me llamó la atención era lo poco formal que era todo el acto. Recuerdo que en las House of Parlament (se supone que el primer parlamento democrático del mundo) o modestamente en el Congreso de los diputados español nadie puede entrar en el foro en el que están sentados los depositarios de la soberanía popular. Aquí en el argentino estaban los amigos, familiares y hasta los mozos que traían agua o cafe. Igual de sorprendente para mi eran los gritos, silbidos y panfletos al aire de los seguidores de unos y otros (los bravas, les llamaban en la televisión y yo no sabía cómo diferenciarlos de los que van a los partidos de fútbol y, en ocasiones, crean diversas algarabías). En suma, que si algo me llamó la atención fue la ausencia de todo tipo de formalidad.
Lei en Clarín que Pinky declaraba a la prensa se había preparado para el acto como cualquier representación. NO lo mencionas pero la sinceridad de alguien que "representa" en los dos sentidos de la palabra, también me llamó mucho la atención por lo inusual, que al menos en mis lares nadie lo reconozca.
Saludos y que te vaya bien en el blog.
Manuel Palacio

Anónimo dijo...

Si bien no la recordaba tal cual se la puede ver en las siguientes imágenes http://www.youtube.com/watch?v=6ZbqMRMW19I, mi memoria la posiciona como un verdadera conductora de los grandes "eventos" dictatoriales. La fantochada profesionalizada de su análisis político actual le brindan, parafraseando a Sirven, nuevos brillos que, sin duda, sabrá desarrollar "sin fe ni maquillaje", pero con una elegancia de terciopelo.
Habrá que estar atentos a su Show y a sus compañeros de banca (muchos de los cuales, digamos, podrían conducir emisiones televisivas emitidas por canales ajustados a sus medidas).
Nótese en el video, la permanencia de la "Diva".
Por otro lado, bienvenida al mundo del Blog.

Laura Vazquez dijo...

Sencillamente, buenísimo el texto.Después de haber leído algunas notas (y ni hablar de lo que circuló en televisión)me dio respiro leer esta crítica.
Y a modo de humorada (o no)¿no será que el Consejo de Ancianos está por renacer? Y el Congreso Nacional por volverse el Palacio de las Tullerías?
Ah, y la comparación con el dibujo animado, deliciosa.Nada más cercano a eso. Bienvenida a este "mundo bloguero" y gracias por compartirlo!. Va a estar bueno. Besos